lunes, 9 de febrero de 2015

El tablero político en España

A escasos meses de importantes citas electorales, el escenario político continúa marcado por la incertidumbre que representa la crisis que afecta a los dos grandes partidos y por la irrupción de nuevas fuerzas que aspiran a romper el bipartidismo que caracteriza al sistema español desde el restablecimiento de la democracia.

¿Qué interpretaciones pueden extraerse de la actual coyuntura? ¿Realmente está amenazado el bipartidismo? ¿Será duradero el fenómeno Podemos?

A mi juicio, el desgaste que afecta a PSOE y PP no puede entenderse sin los efectos que en nuestro país está teniendo la prolongada crisis económica y, en especial, las insoportables cifras de desempleo. Se trata, por lo tanto, de una crisis que tiene una naturaleza coyuntural, aunque agravada por ciertos casos de corrupción que han salido a la luz durante la crisis económica. Si consultamos los estudios del CIS, comprobaremos que el hundimiento en la valoración de PSOE y PP coincide con la gestión de la crisis económica que estos partidos han protagonizado desde el Gobierno. Por esta razón, entre otras, me inclino a pensar que el hundimiento de PSOE y PP en las encuestas será coyuntural e irá remitiendo a medida que la economía vuelva a reactivarse y el desempleo disminuya de manera sustancial. Cuando la situación económica se normalice, es muy probable que PSOE y PP recuperen progresivamente el apoyo ciudadano.




Ni mucho menos quiere esto decir que PSOE y PP tengan tan solo que esperar de brazos cruzados a que la crisis remita para que todo vuelva a ser como antes. La ciudadanía no va a olvidar fácilmente los efectos de la crisis; de modo que ambos partidos tendrán que realizar generosos esfuerzos si quieren que el electorado recupere la confianza en ellos y, aún así, a medio plazo, sobrevolará la incógnita de saber hasta dónde va a llegar la recuperación de ambos. Es decir, si superada la crisis, la valoración de estos dos partidos volverá a los niveles anteriores a 2008 o si estos índices son ya cosas del pasado.

Esta incógnita constituye un desafío mayor para el PSOE, puesto que la competencia que representa el bloque IU-Podemos se muestra más solida que la configurada por el bloque Ciudadanos-UPyD y porque el electorado conservador es más 'benévolo' que el progresista a la hora de 'perdonar'. Pero conviene no menospreciar que el PSOE es para buena parte del electorado protagonista de algunos de los más destacados avances de las últimas décadas y que se trata de un partido que tradicionalmente ha gozado de la simpatía de buena parte del electorado, aspectos que pueden animar la rápida recuperación del PSOE.

Sea como fuere, los dos partidos mayoritarios harían bien en tomar buena nota de lo sucedido y adoptar las medidas oportunas para reducir la brecha que desde hace décadas separa a partidos y ciudadanos, problema  que no es exclusivo de nuestro país, pero que en España se ha manifestado con especial intensidad como consecuencia de la crisis económica y de ciertos casos de corrupción. Entre estas medidas que apunto, considero imprescindibles las orientadas a la rendición de cuentas, a mejorar los niveles de transparencia, a desterrar la corrupción y a mejorar los criterios y procesos de seleccion de líderes.

Como la otra cara de la misma moneda, el amplio respaldo que a día de hoy obtendría Podemos irá, a mi juicio, en descenso a medida que los efectos de la crisis económica vayan desapareciendo y una vez que la realidad se encargue de demostrar que buena parte del discurso original de Podemos no es realizable en el mundo de hoy. Esta afirmación se apoya en ciertos datos que arrojan los sondeos: se trata de una fuerza que la ciudadanía sitúa en el extremo de la izquierda y que nunca votaría buena parte del electorado. Es improbable que un partido con este perfil pueda mantener un elevado apoyo de manera sostenida en el tiempo. Además, hay que considerar que el modelo organizativo del partido morado es contrario a la estabilidad, circunstancia que el electorado ha castigado tradicionalmente, y también que el apoyo a Podemos nace de la indignación; de modo, que a medida que los efectos de la crisis se diluyan, el partido de Pablo Iglesias va a tener muy difícil retener ese apoyo prestado, que volverá progresivamente a PSOE e IU.

La formación de Cayo Lara y Alberto Garzón, con independencia de lo que suceda en el corto plazo, seguirá siendo, a mi juicio, la segunda fuerza en el espectro de la izquierda, porque se trata de un partido con mayor tradición y solidez que Podemos; aunque todo va a depender del temple que tengan los líderes de IU para aguantar el efecto Podemos; episodios como el de Tania Sánchez pueden terminar por fagocitar a IU. 

La integración IU-Podemos, una opción que puede verse como probable, sería a mi juicio negativa para IU, porque daría como resultado una organización altamente inestable y difícilmente gobernable. Por esta razón, entiendo que la mejor opción para IU es sacudirse los complejos que tiene desde la irrupción de Podemos y trabajar para ser competitivo en el actual escenario. Haría bien en preguntarse por qué una fuerza como Podemos puede conseguir con tanta facilidad lo que IU no ha logrado en décadas. Y también si se a dota de un modelo organizativo más estable y se muestra como un partido responsable y fiable. En definitiva, tiene que resolver si su objetivo es ser un partido de oposición o si existe para cotas más ambiciosas.

El caso de UPyD, un partido que nació de un proyecto personalista, no es comparable al de IU, porque el partido magenta es relativamente nuevo en el sistema político español. De hecho, la crisis económica estalló cuando UPyD no estaba aún consolidado, razón por la que considero que la irrupción de Ciudadanos constituye una seria amenaza para la viabilidad del partido de Rosa Díez, que haría bien en valorar la unión con Ciudadanos: un partido nuevo, centrado, que cotiza al alza y con un líder bien valorado. La unión de estos dos partidos dotaría de mayor solidez a sus proyectos políticos y equilibraría el espectro político del centro derecha, en el que el PP compite sin rival.

Ciudadanos, por su parte, está llamado a concretar su propuesta programática. Hasta ahora la ambigüedad le ha servido para crecer en un escenario convulso y marcado por la desafección. Pero cuando el escenario político se normalice, el partido de Albert Rivera tendrá que elegir el lugar exacto del tablero que quiere ocupar: a la izquierda o a la derecha del PP.

El voto nacionalista se encuentra consolidado y probablemente no varíe de manera sustancial en el futuro; aunque una mejora en el modelo de financiación autonómica y en otras reivindicaciones podría contribuir a rebajar la tensión en Cataluña y Pais Vasco y de esta forma frenar un posible ascenso de los partidos nacionalistas.

En resumen, el sistema de partidos, más allá del corto plazo, seguirá estando dominado por PSOE y PP. Y esto será así, a mi juicio, aunque Podemos obtenga unos magníficos resultados en las próximas elecciones generales. Según creo, el caso de Podemos puede compararse al de UCD; los ciudadanos entendieron que el partido de Adolfo Suárez tenía una misión: aprobar la Constitucion, como paso decisivo hacia la consolidación de la democracia. Y una vez que este hito quedó superado, UCD inició su declive. Podemos es una fuerza que nace en una coyuntura muy concreta de hartazgo y desafección. Pero, una vez que esa coyuntura haya desaparecido, muy probablemente el papel que la ciudadanía concede a Podemos cambie. El partido de Iglesias puede compararse con un medicamento que se utiliza mientras dura la enfermedad y deja de ser útil cuando la enfermedad remite.

Pese a la hegemonía que pronostico de PSOE y PP, las mayorías absolutas serán más difíciles de conseguir. Hasta qué momento exacto será así dependerá de que la ciudadanía mantenga o relaje el espíritu crítico una vez que la economía vuelva a la senda del crecimiento y las cifras de desempleo se reduzcan de manera sensible. 


miércoles, 21 de enero de 2015

Lo que pesa la Semana Santa

A finales de octubre, los presidentes de los Consejos de Hermandades de las capitales andaluzas, además de Jerez, mantuvieron en Córdoba un encuentro de trabajo que giró sobre "el impacto de la Semana Santa en las capitales andaluzas y sus fuentes de ingresos". En las conclusiones de aquella reunión, los presidentes de los Consejos afirman, entre otras cosas, que  las Hermandades y la Semana Santa “sostienen a un colectivo muy elevado de talleres artesanos” (bordadores, orfebres, tallistas, carpinteros, doradores, sastres, floristas, cereros…), favorecen el turismo y estimulan el consumo. Además, los presidentes, “con el estudio de algunos datos concretos y dispersos, obtenidos en algunas capitales por diversos entes académicos y profesionales, evalúan el impacto económico de la Semana Santa en Andalucía en los diversos sectores productivos, en mas de 600 millones de euros anuales”.

Me parece un acierto pleno que los presidentes hablen en estos términos de este asunto, porque la Semana Santa tiene una esencia religiosa (que nadie discute), pero tiene también otras dimensiones que forman parte de su ADN.

Esto que digo no constituye novedad alguna. José Bermejo y Carballo, por ejemplo, explica en ‘Glorias Religiosas de Sevilla’ como en 1830, después de 33 años, volvió a procesionar la cofradía del Santo Entierro, merced al empeño del asistente Arjona, atrayendo a la "ciudad un número extraordinario de personas de todas las provincias de España y de reinos extranjeros". Luís Martínez Kleiser, en 'La Semana Santa en Sevilla', publicada en 1925, también refleja la presencia de turistas extranjeros contemplando la estación de algunas cofradías, como las del Gran Poder o la Macarena. Rafael Esteve, en su trabajo, 'Orígenes del aprovechamiento turístico de la Semana Santa Andaluza' habla así:  "Pero no sólo era el mantenimiento de la tradición o el deseo de emular a Roma como tercer polo de atracción de la cristiandad en la Semana de Pasión lo que consiguió que las celebraciones religiosas de la Semana Santa se mantuvieran por encima de los complicados avatares políticos del XIX y en especial de los años del Sexenio Revolucionario. Era, sobre todo, el aprovechamiento del impulso económico generado por la llegada de turistas atraídos por las celebraciones religiosas lo que está en el trasfondo promotor de las procesiones en esos años." Para terminar esta relación de ejemplos, que podría ser cuasi eterna, citaré a Isidoro Moreno, que en su conocidísima obra  'La Semana Santa de Sevilla. Conformación, Mixtificación y Significaciones', hace referencia a un artículo publicado bajo pseudónimo en el número 138 del Boletín de las Cofradías de Sevilla que dice: "el Ayuntamiento empieza a subvencionar a las cofradías, no por su aspecto piadoso, sino como fiesta atractiva de forasteros".


Hace siglos que el análisis está hecho. De ahí que hablar de estos asuntos sin complejos ni prejuicios, como algo natural que nos acompaña desde hace siglos, me parezca un acierto. Primero, porque negar, o silenciar cuando menos, el carácter "complejo y poliédrico" de la Semana Santa es negar la propia naturaleza de esta celebración. Pero, además, porque hablar de lo que la Semana Santa aporta al turismo, al comercio, al empleo...es hacer valer su peso específico con toda amplitud e intensidad, algo que debe ser del máximo interés de los cofrades. 

martes, 13 de enero de 2015

Reflexiones sobre la participación
En los años 60 la demanda de mayor participación ciudadana comenzó a ganar protagonismo en el debate político; desde entonces, ha ido cobrando fuerza a lomos de la desafección hasta el punto de que en momentos complejos, como el actual, la participación es citada con frecuencia como una de las principales recetas contra los vicios que afean los sistemas democráticos. Giovanni Sartori, analizando el fenómeno, sostiene que "la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos más democracia, lo que quiere decir en concreto, dosis creciente de directismo, de democracia directa". 

Democracia representativa y participación no son incompatibles, al contrario. Como explica Sartori, el filón central de la teoría de la democracia nunca ha negado "la importancia de la participación fuerte"; de hecho, la democracia representativa "incluye la participación y el referéndum", aunque "como elementos subordinados". Pero cuando Sartori habla de la tendencia a reclamar dosis creciente de directismo habla de dar una vuelta de tuerca a la participación como respuesta a los vicios que afean los sistemas democráticos. ¿Pero es el directismo la mejor solución técnica a los vicios que afean los sistemas democráticos? ¿Garantiza un mejor rendimiento democrático?

Como advierte el profesor italiano, el primer problema que tropezamos cuando hablamos de participación es que no sabemos muy bien a qué nos referimos, porque "el participacionista no declara casi nunca su propia definición de participación": no sabemos, por ejemplo, si la participación se limita al nivel local o si se extiende a los niveles estatal y autonómico; no sabemos si se someten a consulta todas las decisiones, muchas, bastantes, algunas o pocas. Las importantes o las accesorias. Las que afectan a todos o también las que afectan a una parte; no sabemos si cada consulta lleva aparejada una campaña electoral o informativa; no sabemos si este modelo incrementa los costes de la democracia...Esta es la primera trampa del participacionista, que defiende la participación pero no concreta el modelo participativo que defiende.

Otro aspecto a considerar es la dificultad de articular la participación en unidades territoriales de mucha extensión y con gran población. Dahl dirá sobre este asunto que "el tamaño importa", porque "tanto el número de personas en una unidad política como la extensión de su territorio tienen consecuencias para la forma de democracia". Tras hacer una referencia a las asambleas de ciudad en poblaciones de Nueva Inglaterra, el autor afirma en primer término, que "las asambleas de ciudad no son exactamente ejemplos de democracia participativa" y, a continuación, que "en siglos recientes, sobre todo en el XX, las limitaciones de las unidades de autogobierno lo suficientemente pequeñas para la democracia de asamblea se han puesto de manifiesto una y otra vez". Por esta razón sostiene que "si nuestro objetivo consiste en establecer un sistema de gobierno democrático que proporcione un máximo de oportunidades para que los ciudadanos participen en las decisiones políticas, la ventaja reside claramente en la democracia de asamblea de un sistema político a pequeña escala. Pero si nuestra meta es establecer un sistema de gobierno democrático que proporcione el margen más amplio para abordar del modo más efectivo los problemas de los ciudadanos, la ventaja residirá entonces a menudo en una unidad tan amplia que será precisó establecer en ella un sistema representativo".

También conviene aclarar que cuando algunos se refieren a la participación toman como referencia el ideal. Pero la práctica democrática es más mundana y plantea problemas que no conviene menospreciar. Así, Bernard Manin nos recuerda que uno de los mayores problemas de los ciudadanos en las grandes democracias "es la desproporción entre los costes de la información política y la influencia que esperan ejercer sobre el resultado electoral", ecuación que desincentiva la participación. Sartori, explica la idea del siguiente modo: en un grupo de cinco, mi acción de tomar parte, de participar, vale o cuenta un quinto, en un grupo de cincuenta, un quincuagésimo y en uno de cien mil, casi nada. Evidentemente un ciudadano en un grupo de cinco encuentra más incentivos para participar que un ciudadano en un grupo de cien mil, que puede dejar de participar por considerar que su opinión no cuenta. Por lo que el autor concluye que "la autenticidad y eficacia de mi participar está en relación inversa al número de participantes". 

La democracia participativa no solo requiere de una ciudadanía activa, también ha de estar informada y tener criterio sobre los asuntos públicos. Sin entrar a valorar aquí el interés o desinterés de la ciudadanía por los asuntos públicos -cuestión que no conviene perder de vista-, me limitaré a señalar que en la democracia representativa el ciudadano debe estar informado, porque debe tener una opinión propia. Sobre este particular, Sartori recuerda que "la democracia representativa no se caracteriza por el gobierno del saber, sino por el gobierno de la opinión". En cambio, en un hipotético modelo en el que el ciudadano fuese consultado sobre cuestiones específicas que afectan a todos, debería producirse un salto de calidad; entonces, la información no sería suficiente, se necesitaría también "cognición". Este salto de calidad implica, de entrada, que el ciudadano invierta parte de su tiempo en estar informado, en seguir la actualidad, y en adquirir la episteme. A juicio de Sartori, esta solución no parece viable porque el participacionista está proponiendo "un ciudadano que vive para servir a la democracia, en lugar de una democracia que existe para servir al ciudadano".

Para complicar un poco más la cuestión debemos tener presente que el mundo es "cada vez más complicado, interdependiente y de gestión difícil y peligrosa". Y en este mundo complejo y especializado, las cuestiones que se someterían a la opinión de la ciudadanía serían complejas, técnicas, especializadas y, en no pocos casos, tendrían repercusiones de gran calado, dato que no conviene pasar por alto.
 
Otro obstáculo que debe salvar la democracia participativa es la inmediatez a la que están sujetas algunas de las decisiones públicas, característica que dificulta la viabilidad de un sistema participativo de consulta a la ciudadanía. En el mundo globalizado de hoy, en el que los Estados han comenzado a ceder soberanía a instituciones internacionales, hay reglas del juego que vienen impuestas desde arriba a los Estados. En casos de urgencia, estas decisiones -algunas de ellas especialmente sensibles- se han de adoptar en un plazo de tiempo breve. ¿Cómo se actuaría en estas situaciones? ¿Se excluirían estas decisiones del procedimiento participativo, con el consiguiente malestar ciudadano, o se detendrÍa el mecanismo de funcionamiento de la comunidad internacional hasta la realización de la consulta en un determinado Estado?

Ciertamente, a favor de la participación se puede traer el desarrollo tecnológico que, aunque insuficientemente contrastado a día de hoy, hace muy factible la democracia electrónica. Sin embargo, la participación plantea interrogantes que el desarrollo tecnológico, por sí solo, no tiene fácil resolver. Como, por ejemplo, reducir la solución de un asunto complejo a una simple respuesta, a una sola opción. Tomemos el ejemplo del aborto, ¿Entre qué opciones tendría que elegir la ciudadanía? ¿Aborto sí, aborto no? ¿Aborto sí, pero solo en caso de violación de la madre? ¿Aborto sí, además, en caso de grave riesgo para la vida de la madre? ¿También en caso de mal formación? ¿Aborto sí, pero solo hasta la cuarta semana de embarazo o hasta la novena o hasta la duodécima? ¿Aborto sí, pero con el consentimiento de los padres siempre que la mujer no haya cumplido 16 años o 18? En definitiva, no parece fácil reducir a una papeleta, aunque sea electrónica, los distintos supuestos que pueden conformar la respuesta a problemas complejos o controvertidos. De ahí que sostenga que la democracia refrendaria "centuplica los riesgos de manipulación y embrollo del demos". "Toda la partida está en decidir la agenda (qué se somete a decisión y qué no) y el modo de formular tales interrogantes". Porque "una misma pregunta, según como sea formulada, oscila en las respuestas fácilmente el 20%; así el 60% aprueba el derecho a la vida y, luego, con el mismo 60% se aprueba lo contrario, es decir, el derecho al aborto. 

El coste de la democracia participativa es otro argumento a considerar. Porque, si queremos favorecer que la ciudadanía se pronuncie con criterio sobre el asunto en cuestión, parece prudente que cada consulta lleve aparejada una campaña electoral o informativa. En caso de no ser así, nos estaríamos aproximando a lo que Sartori ha denominado "democracia refrendaria", "un animal que no existe, pero aletea" y que el italiano define como "un sistema político en el que el demos decide directamente las cuestiones, no en su conjunto, sino separadamente y en soledad". El profesor describe a un ciudadano ante la pantalla de su ordenador y respondiendo un sí o un no a las cuestiones planteadas.

Sartori también advierte que su democracia refrendaria supondría avanzar hacia una democracia de suma nula, porque el que gana lo gana todo y el que pierde lo pierde todo. No hay lugar a la negociación entre las partes. Todo se reduce a un sí o a un no, lo que supone una amenaza para las posiciones minoritarias. La democracia representativa, en cambio, es de suma positiva porque hay debate, negociación y las posturas de unos y otros pueden ir variando para favorecer el consenso. 

En suma, como advierte Sartori, aunque el "llamamiento a participar es meritorio, inflado sin medida sería como pretender que toda la democracia se pudiese resolver con la participación" y  pensar así es una "recaída infantil y peligrosa". 

La ciudadanía hace bien en expresar su indignación ante las malas prácticas políticas y en exigir el derecho legítimo a participar activamente en la gestión de los asuntos públicos. Pero, como advierte Sartori, pensar que la participación lo puede resolver todo es una idea infantil y peligrosa. Si queremos enfrentar con garantías los vicios democráticos y la actual desafección, perfeccionemos la democracia representativa; el arreglo institucional que hace siglos consiguió superar los límites de la democracia popular y de asamblea y de cuya mano la democracia se ha extendido en el mundo. Un arreglo institucional, por cierto, que Madison ensalzó durante el proceso constituyente estadounidense con estas palabras: "la política característica del gobierno republicano es lograr gobernantes mediante elecciones. Esta forma de gobierno dispone de numerosos y diversos medios para evitar su degeneración". Aprovechemos, por tanto, esos numerosos y diversos medios, porque tenemos margen para construir una democracia mejor que, al cabo, es el verdadero reto.



martes, 9 de diciembre de 2014

José Tomás y el momento de la fiesta


No vamos a descubrir a estas alturas la significación que José Tomás tiene para la fiesta; como torero y como mito. Es mucho y bueno lo que se ha escrito sobre el asunto -como las excepcionales aportaciones de Santi Ortiz- y a ello me remito ahora. Pero tengo la impresión de que esa honda significación del torero de Galapagar condiciona buena parte de las opiniones que circulan acerca del Monstruo. Pareciera que lo políticamente correcto, lo cool, fuese hablar bien de Tomás, mostrarse acérrimo partidario suyo, sin reparar en ciertos aspectos de su trayectoria.

Digo esto porque en un momento complejo, cuando menos, para la fiesta -cada vez más cuestionada por los nuevos valores de la sociedad post moderna- no deja de resultar paradójico que la máxima figura, un torero de época, uno de los heterodoxos del toreo, que diría Pepe Alameda, toree sólo tres o cuatro tardes por temporada. 

Hasta ahora, las máximas figuras del toreo (Joselito, Belmonte, Manolete, El Cordobés...) siempre han encabezado el escalafón y su presencia en las principales plazas ha resultado clave para alimentar la afición, para mantener y extender el interés por la fiesta, para llevar la pasión a los tendidos. Ahora, por primera vez, no es así. Y, además, esta nueva situación coincide con un momento delicado para la Fiesta, cuando necesita apoyos y gestas que refuercen su legitimación. 

No dejo de reconocer que José Tomás ha tenido el mérito de convertir en acontecimiento cada uno de sus paseíllos y esta repercusión excepcional es, sin duda, importante para la fiesta. Pero el público de hoy sólo se moviliza ante la excelencia y aspira a ver lo mejor, no tres o cuatro tardes, sino todas. 

El aficionado al fútbol, por ejemplo, solo se moviliza para ver a la selección, al Barça o al Madrid, y el resto de tardes la asistencia a los campos de fútbol suele ser discreta. Con los toros sucede lo mismo. El número de festejos desciende cada año, el público se aleja de las plazas, el toreo se silencia en los medios de comunicación, la voz de los anti taurinos se eleva...y todo ello sucede con José Tomás en activo; cuando el escalafón aún puede presumir de contar con un torero de leyenda. 

Es posible argumentar, insisto, que la contribución de José Tomás en el momento actual es elevar a la categoría de acontecimiento todo lo que toca o ganar mucho dinero y mandar en la Fiesta toreando poco. Pero se me antoja que tres o cuatro paseíllos de un torero como el Monstruo resultan pocos en la encrucijada que vive la fiesta.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

La lección de la Hermandad del Perdón

El universo cofrade es extenso y variado. En él tienen cabida la cola y la capa; las bandas de cornetas y las agrupaciones musicales; los pasos de palio y los pasos de Vírgen; los crucificados que procesionan en silencio, los que lo hacen acompañados de una capilla musical o los que van arropados por una banda. Tan amplio y generoso es el universo cofrade que por caber cabe hasta 'Suspiros de España' tras un pasopalio.

Y es que estamos hablando, o escribiendo, de una celebración compleja que puede ser vivida y observada desde distintos prismas. De manera que no parece recomendable ponerse esplendido y pasarse con la vara del rigor, de la ortodoxia, de los cánones, del clasicismo o como lo queramos llamar. Porque la Semana Santa es más que eso. La Semana Santa, por ejemplo, es también ilusión, entusiasmo y alegría. Hasta el punto de que sin tales ingredientes no sería posible el espectáculo único de la Semana Santa, como ha demostrado la Hermandad de El Perdón en los últimos meses y, especialmente, con la salida extraordinaria de la Virgen de los Dolores por su barrio.

Desde La Orden, con elegante sencillez, sin alharacas, sin proponérselo, nos han enseñado a vivir como una fiesta la Semana Santa, a involucrar a todo un barrio -no sé sí cofrade o no- en un acto de la Hermandad, a dar a todos los colaboradores su sitio, a tener permanentemente en los labios la palabra gracias y en la cara, la mejor de las sonrisas...

De ahí, que quiera agradecer desde este humilde rincón a la Hermandad de El Perdón la hermosa lección cofrade que nos ha regalado con motivo de la salida de la Virgen de los Dolores. Gracias por recordarnos que sin alegría, ilusión y entusiasmo no sería posible el maravilloso espectáculo que es la Semana Santa.


martes, 11 de noviembre de 2014

Las fiestas de Huelva

Hace escasos meses la ciudad ha celebrado las Fiestas Colombinas y la Velada en honor a la Virgen de la Cinta, patrona de la ciudad, y en dos meses tendrán lugar las fiestas patronales con motivo de la festividad de San Sebastián. Por esta razón, he querido compartir una reflexión en torno a las Fiestas Principales de la ciudad, que a mi juicio, representan modelos estancados que necesitan de una revisión.

En relación a las Fiestas Colombinas hay que comenzar por reconocer que, de un tiempo a esta parte, cada agosto se reeditan debates, como el de la conveniencia de trasladarlas al 12 de octubre, el de incorporar una feria de día, el de recuperar la diluida identidad americanista...en definitiva, debates que ponen de manifiesto cierta crisis del modelo actual. A esto hay que añadir que en los últimos años han sido varias las veces que las Colombinas han cambiado de recinto -parece que el actual no será el último- o que el número de casetas depende en exceso de la participacion de las hermandades, con el riesgo que esto representa, sobre todo, si se considera que algunas de hermandades han dejado de participar por considerar que la relación esfuerzo-beneficio hace a las Colombinas insuficientemente rentables.

La Velada de la Cinta, hasta hace algunas décadas de mayor relevancia que las Colombinas, tiene gran potencial. Cuando se habla de trasladar las Colombinas a octubre, se olvida que en septiembre, cuando las vacaciones languidecen y la ciudad recupera el pulso, ya contamos con la Velada de la Cinta, que se vería enormemente favorecida con un modelo más acertado de fiesta, con mayor personalidad, con un perfil más nítido, mejor dibujado. A esto no ayuda, por ejemplo, que la Velada actual se estructure en dos escenarios, La Orden y La Merced, dos recintos improvisados que no reúnen las mejores condiciones y que dividen la presencia del público.

Las Fiestas de San Sebastián, cuya procesión es noticia en los últimos años por la falta de colaboración económica del Ayuntamiento, tampoco tienen un perfil bien definido. La falta de un recinto adecuado, sin duda, es uno de los motivos que impiden que las actuales fiestas se desarrollen con mayor esplendor, porque es una circunstancia que no favorece la participación. San Sebastian es una fiesta que parece sobrevivir por la nostalgia de un ayer que se ha perdido para no volver y está necesitada de repensar un modelo que mire al futuro, que la dote de nuevos atractivos y consiga la participación y la complicidad de los onubenses. Contar con la colaboración de las hermandades establecidas en la propia Parroquia de San Sebastián, la Ermita de la Soledad y la Mayor de San Pedro puede resultar de gran ayuda en este empeño.

Hay ciudades, en el Sur y en el Norte (Sevilla, Málaga, Valencia, Pamplona, Bilbao, San Sebastián, Zaragoza...), que han sabido convertir sus fiestas mayores en un reclamo para los turistas, en eventos que contribuyen a crear marca de ciudad y que suponen un estímulo para la economía local. En Huelva, en cambio, las Fiestas Colombinas y la Velada de Cinta no terminan de despegar. En esta tesitura, podemos seguir haciéndonos trampas al solitario aferrados a una lectura optimista que infla, año tras el año, el número de visitantes o podemos abrir un debate en la sociedad onubense, amplio y participativo, con el objeto de decidir qué modelo de fiestas queremos.

martes, 4 de noviembre de 2014

La democracia en tiempos convulsos: de perfeccionistas, utópicos y demagogos

La democracia en tiempos convulsos: de perfeccionistas, utópicos y demagogos

En la anterior entrada, me referí a lo que Sartori ha dado en denominar la "época de la ofuscación democrática", que en palabras del autor consiste en "una escalada sin precedentes en la distorsión terminológica e ideológica" del concepto democracia cuyo resultado final es la ofuscación". El profesor sostiene que "hasta la década de los cuarenta la gente sabía lo que era la democracia (...); desde entonces todos decimos que queremos la democracia, pero ya no sabemos (entendemos o estamos de acuerdo en) lo que es".

Una de las trampas o de los errores que contribuye a explicar la ofuscación es el "perfeccionismo", que para el italiano es el modo equivocado de entender y emplear los ideales. Como asegura Dahl, la democracia es al mismo tiempo un ideal y una realidad, de forma que la democracia es un sistema que no puede desligarse de aquello que debería ser. Pero una cosa es esto y otra muy distinta confundir el ideal democrático con la realidad democrática, el deber ser con el es.

Como explica Sartori, la función del ideal es equilibrar la realidad, mejorarla, pero no sustituirla. El ideal es una referencia, una guía que conviene tener presente para mejorar la democracia. Pero el ideal no puede ser realizado; al menos, no enteramente, no del todo. 

Realidad e ideal, por tanto, se mueven en distintos planos y el error que comete el perfeccionista es situarlos en el mismo, acercarlos hasta confundirlos. El perfeccionismo eleva hasta el infinito el listón de la exigencia democrática con un discurso entre utópico y demagogo que, en opinión del profesor, constituye una seria amenaza para la propia democracia. Porque mientras un ideal bien entendido contribuye a mejorar la realidad, un ideal mal entendido -un ideal que quiere hacerse realidad- acaba por convertirse en enemigo de la democracia existente, de la democracia posible, a la que quiere sustituir, a la que quiere reemplazar. Y, así, se corre el riesgo de sustituir lo que tenemos por algo imposible, por algo inexistente. En suma, por algo peor.

Desde esta posición, el autor sostiene que la crítica que desde el perfeccionismo se hace a los sistemas democráticos es una crítica inmerecida e insiste en la importancia de establecer la relación correcta entre el deber ser y el es, porque "todos más o menos sabemos cómo y cuál debería ser la democracia ideal; mas muy poco se sabe acerca de las condiciones de la democracia posible".

Por lo tanto, no toda crítica es válida. Sartori dirá que criticarlo todo es fácil, pero la crítica que se pretende seria debe preguntarse siempre para qué sirve, cuál es su fin, si existe alternativa a lo que se crítica o si es mejor la propuesta que lo existente.

Traigo a colación esta reflexión, porque creo que los sistemas democráticos contemporáneos pueden ser criticados por numerosas razones (corrupción, abuso de poder, debilitamiento de fronteras entre partidos e instituciones, ineficacia...), pero también que algunas de las críticas más furibundas que se lanzan contra los sistemas democráticos confunden ideal y realidad. Cuando se critica, por ejemplo, la democracia representativa o algunos aspectos del funcionamiento de los partidos no pocas veces se hace subiendo el listón de la exigencia hasta lo inalcanzable; criticando la democracia existente en aras de una democracia mejor, pero imposible, inexistente, irreal. Criticamos, pero lo hacemos sin preguntarnos -como apunta el profesor- cuál es el fin de la crítica o si existe una alternativa mejor a lo que se crítica.

Estamos en tiempos en los que lo cool es criticar a los sistemas democráticos. Pero conviene tener presente, incluso en estos tiempos, que no toda crítica debe ser tenida por buena. Como aclara el autor "no pido menos crítica. Pido más crítica, hecha mejor. Y pido que alguien se ocupe, más aún, de la conversión de la teoría en práctica. Todos proponen ideales que quedan en el aire; casi nadie nos explica cómo aplicarlos". Ese es, a mi juicio, el verdadero reto.